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jueves, 11 de octubre de 2012

El ejercicio del poder como violencia discursiva

La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo en la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. (Orwell, 2003: 255-256)

Es sabido por todos que las palabras usadas de determinada manera pueden herir. Pueden dañar no solo la sensibilidad de los otros sino también hasta sus mismas maneras de ser y estar en el mundo, de relacionarse y de construir la propia realidad. En definitiva, sus mismísimos cimientos, para decirlo de alguna manera.

Las palabras son instrumentos de doble filo. Con ellas se puede construir, pero también se puede destruir. Por medio de las palabras construimos nuestro mundo, nos vamos construyendo a nosotros mismos y construimos la percepción que tenemos de los otros. A través de las palabras elaboramos un discurso coherente de lo que somos, desde donde somos, interpretando y reinterpretándonos a nosotros mismos, a nuestra realidad y a los otros a partir de ese discurso vivo y en permanente desarrollo. Vamos acomodando todo lo que nos es “ajeno” a nuestro propio discurso discursivamente. Somos lo que consideramos que somos, y la realidad es, para nosotros, como nosotros mismos la describimos, sea de la manera que sea.

Ahora bien, ese discurso último que nos permite describirnos y describir a la realidad y a los otros está en constante evolución. Pero esto no significa que no tenga una unidad intrínseca. Desde el cambio hay algo que permanece, a saber, la cadena que implica la unión entre lo nuevo y lo viejo como una manera de interpretación de lo nuevo y de reinterpretación de lo viejo a la luz de lo nuevo. De esta forma, lo viejo no es absolutamente viejo y lo nuevo no es absolutamente nuevo sino que ambos se interrelacionan entre sí constituyéndose discurso que permite interpretarnos e interpretar la realidad de manera dinámica y, por lo tanto, viva.

Volviendo al tema que origina esta reflexión, digamos que el lenguaje está íntimamente ligado al poder, no porque el poder sea un elemento propio del lenguaje sino porque el poder es algo, al igual que el lenguaje, común a todos los seres humanos. De las diversas formas de ejercicio del poder, quizás la discursiva sea una de las más actuales, o al menos de las más puestas en evidencia en nuestro tiempo y, a mi entender una de las más perversas cuando es usada de manera egoísta. La forma de ejercicio de poder más evidente es la física. Pero hay otro tipo de ejercicio del poder que es aún peor, si es que se puede jerarquizar, y se corresponde con la violencia discursiva.

El ejercicio del poder como violencia discursiva es moneda corriente en nuestros días. Basta escuchar las conversaciones cotidianas en cualquier ámbito, prestar atención...
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