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viernes, 27 de septiembre de 2013

La filosofía, cátedra y/o plaza

¿Cuál es el lugar natural de la filosofía? Es decir, ¿dónde vive verdaderamente eso que llamamos filosofía? Si consideramos a la filosofía como algo vivo, dinámico, en otras palabras, como un filosofar constante sobre nosotros mismos y nuestro mundo, ¿A dónde deberíamos ir para encontrarnos con ese movimiento? ¿La cátedra o la plaza? ¿El libro especializado, la fuente original del gran pensador o el manual escolar y el comentario a las pasadas de la gente común? Aclaremos que queremos decir con gente común, en este contexto, a aquellos que no se dedican profesionalmente al estudio de la filosofía. 

Si nos remontamos a los orígenes del filosofar encontramos las dos cosas, a saber, academias y plazas. Los primeros filósofos realizaban y compartían sus reflexiones en la plaza o mercado de la ciudad, en el ágora de la polis. Pensemos también, por ejemplo, en Aristóteles y los peripatéticos que pensaban y discutían mientras paseaban y, de esta manera, la filosofía iba surgiendo lentamente del diálogo, siempre del encuentro con el otro. Basta nomás leer a Platón para corroborar esto. No debemos olvidar que la filosofía, o mejor dicho, el filosofar, surge del encuentro con el otro. En la edad Media la alteridad continúa ocupando un lugar importante, tal es el caso de las defensas de los títulos o posiciones académicas que se realizaban públicamente, o de los encendidos debates sobre temas candentes de la época con las quaestiones disputatae.

El cambio acontece en la época de “la luz y la razón” en la que el hombre se vuelve principio y fin de todas las cosas. Surge el sujeto moderno y la filosofía se refugia en el cogito o pensamiento como algo a ser custodiados celosamente dentro de las profundidades del individuo. Deja de ser necesario, entonces, el otro para filosofar, para tratar de comprender y explicarnos a nosotros y al mundo. La filosofía se torna en algo egocéntrico caracterizado por un plegamiento del sujeto sobre sí mismo, una autorreflexión que no es otra cosa que identidad. El ejemplo paradigmático de esto podría ser Hegel quien llegó a definirse a sí mismo como “espíritu absoluto”. 

Heredera de esa época es la comprensión de la filosofía como un saber erudito, casi como una secta de sabios, encerrada en sí misma, en la que se pasan el conocimiento puro a través de libros "sagrados", muy difíciles de conseguir, por cierto, a partir de los cuales es posible pensar. De esta forma, se nos presentan dos opciones. Pertenecer, por un lado, a este círculo de expertos accediendo a fuentes que ayuden a elaborar algo novedoso o, por otro lado, conformarnos con aquello que llega al común de los mortales. Por lo tanto, volvemos a las preguntas iniciales. ¿Cuál es el lugar natural...
...de la filosofía? ¿La cátedra o la plaza? ¿Cuál es la verdadera filosofía, si es que hay alguna verdadera? ¿La que se encuentra contenida en los libros especializados, en las obras de los grandes filósofos o en los libros de texto que se utilizan en las escuelas, en las charlas de café, en las conversaciones cotidianas entre amigos o desconocidos? ¿La filosofía es la del libro o la de la vida? ¿La que pensó un filósofo, como por ejemplo Descartes, o la que vive cualquiera en el día a día? ¿La que comprendió el estudiante de posgrado en la facultad de filosofía o la que entendió el joven adolescente que a duras penas terminó el bachillerato?

Por la comprensión de filosofía que vamos exponiendo en este espacio creo que nos acercamos a la respuesta de que el filosofar, como algo vivo, está en la comprensión o recepción que se hace de la filosofía, del libro o discurso o práctica filosófica más que de la erudición. Sí es cierto y necesario reconocer que una no sería sin la otra y que una alimenta a la otra, pero también es verdad que el pensamiento extra-académico, el de la plaza y no el de la cátedra es importante para reconstruir la realidad y a la filosofía misma. El purismo que encierra a un pensador en una torre de marfil no es saludable ni útil para la sociedad ni para el filósofo porque su pensar se transformará en ficción y dará lo mismo si habla del lenguaje y las relaciones humanas que de los unicornios, los duendes y las hadas, cuestión que en la historia de la filosofía ya ha sucedido. En fin, las preguntas continúan abiertas y el debate sigue porque el filosofar es justamente eso, acción, proceso, movimiento, vida. 


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