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domingo, 18 de junio de 2017

Una reflexión sobre los límites

Vivimos en una sociedad que siente una profunda aversión a los límites, a aquellas «fronteras» que se interponen entre lo que un yo quiere en relación a lo que quiere. Escuchamos a diestra y siniestra que los límites entorpecen, asfixian, y que, precisamente, limitan la propia libertad. En consecuencia, se dan por tierra junto con cualquier tipo de autoridad y ley. 

Ahora bien, ¿por qué ese desprecio al límite? ¿De dónde nos viene esta sensación de ahogamiento? ¿Cuál es la causa de tal rechazo? Podríamos decir que la fuente de este sentimiento es tan humana y antigua como el hombre mismo, asociada a algo tan natural como la necesidad de supervivencia. No obstante, en el presente se encuentra de alguna manera pervertido o cambiada. En otras palabras, la necesidad de supervivencia ha tornado en deseo de supremacía, y aquí la cuestión cambia radicalmente. 

El límite es a la vez algo fundamental y natural. Sin límites no habría diferencias, todo sería lo mismo disuelto o asimilado en un caos cierto o en un posible orden incierto. El ser humano a partir de la modernidad ha soñado, y continua haciéndolo, que es pensamiento puro sin cuerpo, pura posibilidad, puro deseo, puro poder. El hombre cree que todo lo puede y que en esto consiste su libertad, en la ausencia de cualquier tipo de obstáculo que se le presente en su «camino», cualquier límite. De allí que la autoridad y la ley le resulten no solo ajenas sino simple y llanamente enemigas. 

Sin embargo, el límite es indispensable para la vida y la libertad. El límite, y por extensión la ley, protegen, congregan, ordenan, cobijan. ¿Qué sería el contenido sin el continente? Pensemos, por ejemplo, en un vaso de agua. ¿Qué sería del agua sin el vaso? Seguramente un charco sobre la mesa o el suelo. ¿Y nosotros? ¿Qué sería de nosotros sin el límite de nuestra piel? 

A propósito he llevado la reflexión a los límites de lo físico. El límite es lo que separa al agua del vaso, al vaso de la mesa, a la mesa del suelo, a todos del aire y a todo eso de un ser humano parado frente a una mesa con un vaso de agua. Sin los límites no podríamos hablar ni de agua, ni de vaso, ni de mesa, ni de suelo, ni de aire, ni de hombre. Sin límites no habría ni un yo ni un tú, en consecuencia, directamente no habría yo. 

Curiosamente el hombre piensa que todo lo puede, pues bien, ¿por qué no sale volando sin la ayuda de ningún artefacto tecnológico, por qué no respira bajo el agua, por qué no se transforma en lo que quiera a voluntad, por qué no puede hacer aparecer lo que desea de la nada, por qué no puede hacer simplemente lo que le venga en gana? Y la respuesta es sencilla, porque existen límites. La naturaleza, la corporalidad es un límite natural recientemente olvidado. El hombre moderno soñó con ser puro pensamiento, y el ser humano actual cree que lo es. 

Todos nos hemos enfermado alguna vez y hemos tenido la desazón del límite real y concreto. Así como no tenemos alas para volar ni branquias para respirar bajo el agua, cuando nos enfermamos el cuerpo nos limita en alguna medida, algunas veces y durante las enfermedades más graves, este límite puede ser verdaderamente constrictivo. Sin embargo, ello no significa que...
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