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domingo, 1 de abril de 2012

Un ejemplo del drama humano, Dédalo e Ícaro

Se cruzó hace un tiempo en mi camino la historia de Dédalo e Ícaro y me llevó a reflexionar sobre algunas cuestiones, a mí entender, bastante interesantes, relacionadas con la filosofía.

Comencemos primero por decir quiénes fueron Dédalo e Ícaro. Ambos son personajes pertenecientes a la mitología griega como Prometeo y Epimeteo, Hércules, Paris y Helena, etc. Dédalo era un famoso arquitecto e inventor que, según se decía, había aprendido sus artes de la mismísima diosa Atenea. Vale decir que Atenea era la patrona de Atenas, de allí el nombre de esa ciudad que se conserva hasta nuestros días, y era considerada la diosa de la sabiduría, la civilización y la guerra, entre otras atribuciones. Recordemos también algo del mito de Prometeo y Epimeteo que, en un acto de justicia Prometeo le roba el fuego a los dioses, a Hefesto y Atenea, para dárselo a los hombres. Fuego que simboliza la razón y la técnica, en última instancia, la sabiduría y la ciencia.

Volviendo a Dédalo, este era ateniense pero, luego de asesinar a su sobrino Perdix, fue desterrado a Creta. Un detalle importante para no pasar por alto en esta historia fue la causa de este asesinato y posterior destierro. Perdix era tan o más brillante que Dédalo a la hora de inventar y solucionar problemas prácticos. Dédalo, consciente de esto comenzó a sentir envidia por ello y fruto de esa envidia resultó el homicidio de Perdix. Dice la mitología que Perdix fue salvado por Atenea, en virtud de su brillante ingenio, cuando Dédalo lo empujó de lo alto del templo de Atenea en la Acrópolis, convirtiéndolo en un ave, la perdiz. Ya diremos luego porque consideramos importante este detalle. Por ahora sigamos con nuestra historia.

Luego de su destierro a Creta, Dédalo es empleado, en Knosos, por el famoso rey Minos, padre del Minotauro, pero vamos por parte. Minos fue castigado por Poseidón, el dios del mar, por desoír una promesa y por lo tanto desobedecerlo, a que su esposa, Pasífae, se enamorara de un toro y concibiera una bestia mitad animal, mitad hombre, el Minotauro. Entonces Minos encargó a Dédalo la tarea de construir un laberinto que sirviera de prisión para esta bestia. Fue así que Dédalo construyó el famoso laberinto del Minotauro. Laberinto en el que se dejaban cada cierto tiempo vírgenes en sacrificio. Entre esas víctimas está Teseo que, gracias al consejo de Ariadna y su hilo, logra escapar del laberinto dándole antes muerte al Minotauro. Que fácil que es perderse en estas historias, como en un laberinto de relaciones. A lo nuestro nuevamente.

Minos, por temor a que Dédalo revelara la solución para escapar del laberinto, ya que él había sido el que lo había ideado, decidió encarcelarlo junto a su hijo, Ícaro, en el mismísimo laberinto. Decisión no muy acertada por cierto ya que, conociendo cada rincón de dicha prisión, padre e hijo escaparon a la brevedad. Ahora bien, no podían quedarse en tierra ya que si los encontraban los volverían a apresar, y seguramente esta vez no cometerían el mismo error. Tampoco podían abandonar la isla de Creta por mar ya que Minos...
...había ordenado registrar cada embarcación que entrara y saliera de la isla. Así es que al ingenioso Dédalo se le ocurre construir unas alas para poder escapar por el único lugar posible, ya que ni por mar ni por tierra podían, el aire. Une muchas plumas con cera y luego de haber construido un par de alas para él y su hijo le enseña a este a usarlas, advirtiéndole que no volara demasiado alto, ya que el sol derretiría sus alas, ni demasiado bajo, porque la espuma del mar mojaría las plumas e inutilizaría las alas.

Luego de esto partieron hacia la libertad remontando vuelo desde la orilla del mar. Después de volar un rato Ícaro comenzó a ascender, haciendo caso omiso al consejo que le había dado su padre y, como Dédalo lo había pronosticado, sus alas se derritieron con el calor del sol. Ícaro se precipitó hacia el mar y murió. Dédalo continuó muy tristemente su viaje maldiciendo el ingenio que lo había llevado a construir las alas que habían llevado a su hijo a la muerte. En su honor construyó un templo a Apolo, paradójicamente dios de la luz y el sol, en el que depositó las alas que lo salvaron a él de la prisión de Minos.

Esta es a grandes rasgos la historia de Dédalo y su hijo Ícaro. Interesante es, por ejemplo que, Dédalo haya aprendido su arte de Atenea y que, por envidia, haya sido desterrado de Atenas. Fruto de la envidia, y esta del orgullo y el egoísmo, es que Dédalo comete el asesinato de su sobrino. Curiosa es también la imagen del laberinto que en esta historia es encargada al hombre que de alguna manera se encuentra atrapado en sí mismo, y que cumple la función de esconder la vergüenza del rey Minos, castigado por desobedecer a los dioses. Y aquí no termina la cuestión, sino que el mismísimo Dédalo es condenado al encierro en el laberinto que él mismo había construido. A través de su inteligencia, de su ingenio que le había sido dado por los mismos dioses, inventa un par de alas para volar, y su propio hijo, en un acto de soberbia, desobedeciendo a su padre, como Minos había desobedecido a Poseidón, a la vez que queriendo ser superior o, dicho de otra manera, deseando ser como los dioses, vuela más alto de lo recomendado y su castigo es la muerte. Muerte por querer ser algo que no era. No es casual que Dédalo, luego del fallecimiento de su hijo construyera un templo dedicado a Apolo, dios del sol, ya que el sol había sido el que corrigiera el error de Ícaro, para depositar en él el símbolo de su arrogancia, esas alas precarias construidas de pluma y cera.

Para los antiguos griegos el hombre estaba inexorablemente sujeto al destino del cual no podía escapar. Muchos mitos relatan esto. Pero me llamaron la atención estos puntos expuestos más arriba de la historia de estos personajes. La envida, el orgullo, la arrogancia, la impunidad de desobedecer un dios, el quiebre del orden natural y su restablecimiento, el laberinto y sus múltiples significados, la libertad, etc. Dédalo atrapado en el laberinto que él mismo había construido. ¿Cuantas veces el hombre se encuentra perdido en sí mismo? ¿No es acaso este un "síntoma" del malestar contemporáneo? ¿No será que hemos construido nuestro "laberinto", nuestro "mundo", para esconder nuestra vergüenza, nuestra arrogancia, nuestra impotencia, nuestro egoísmo y nuestro orgullo? ¿Cuál es nuestra vergüenza, nuestra arrogancia? ¿No será por casualidad nuestro “yo” el que se encuentra encadenado como Prometeo? ¿No hemos producido una ruptura del orden natural, extinción, calentamiento global, etc.? ¿No es el causante de esto el mal uso de aquello que Prometeo le supo robar a los dioses? Preguntas nomás. Si la filosofía está en el preguntar, pues preguntémonos. Estas historias a mí, por lo menos, me dan que pensar.



2 comentarios:

Federico García Villagómez dijo...

Saludos, interesante blog, y excelente trabajo de mantener blogs de filosofía y análisis semiológico, yo mismo tengo un blog http://deconstrucciondelcuerpo.blogspot.mx/
SAludos y felicidades, habrá que leer con calma a dos arquitectos, Dedalo e Icaro.

Armando dijo...

Federico, muchas gracias por tu lectura y comentario. Ya me doy una vuelta por tu blog "Cuerpo sin órganos". Saludos.

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