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miércoles, 19 de febrero de 2014

Y llegamos a los cuatro años…

Nos vamos alejando de aquel 19 de febrero de 2010 cuando iniciábamos este espacio con la idea de compartir reflexiones y contenidos sobre filosofía en un contexto de juego, y por lo tanto, de libertad. Las vueltas de la vida, las obligaciones personales y las distintas circunstancias que se sucedieron en estos últimos tiempos fueron haciendo que las entradas disminuyeran, no así la participación de ustedes, los más importantes para la construcción de eso que, en la descripción del blog dice: “…para encontrar alguna verdad...” y agregaría, sea cual sea esa verdad. 

No obstante lo dicho, este espacio celebra hoy cuatro años de vida, cuatro años de experiencias, conocimientos y reflexiones compartidas. Este espacio es lo que es, pero también lo que fue y lo que será. Espero que sigamos creciendo, ustedes y yo, compartiendo lo que entendemos y lo que nos desvela y preocupa, jugando a filosofar, pretendiendo, al mismo tiempo que deseando, un mundo mejor, más humano, más libre, y con mayor igualdad en cuanto a los derechos pero conscientes de los deberes que nos corresponden. Ojalá que entre todos, cada uno desde su lugar, colaboremos para que lo mejor de la humanidad prevalezca. Son tiempos difíciles, de profundos cambios, y en consecuencia, de crisis en todos los sentidos. El horizonte se encuentra difuso y los rumbos inciertos. Es en estos momentos donde la libertad se vuelve algo precioso. Tengamos presente que, como dijo el filósofo norteamericano Richard Rorty: “…si cuidamos de la libertad política, la verdad y el bien se cuidarán de sí mismos.” (Rorty, 1991: 102) Yo diría, de la libertad sin más. 

Dicho esto, el crecimiento de este espacio en números fue el siguiente. En el último año publiqué sólo 8 entradas alcanzando un total de 107. En cuanto a los comentarios, se sumaron unos 41 comentarios, unos cuantos más que el año pasado, llegando al total de 171 en estos 4 años de vida de El Juego de Filosofar. Ojalá sigamos creciendo en este sentido. En relación al número de visitas tuvimos unas 35.179, 4.736 visitas menos que el año anterior. Ahora bien, el total de vistas acumuladas al 18 de febrero de este año dan como resultado un total de 119.235. Seguramente la baja de visitantes se debe a la disminución de publicaciones recientes, algo que es exclusivamente mi responsabilidad.

Las visitas que hemos recibido en estos cuatro años provienen de 106 países, 5 más que el año anterior. En el primer lugar se encuentra Colombia con 30.238 visitas. Le sigue México con 27.964, Argentina con 15.809, España con 10.995, y Chile con 6.499 visitas. 

Gracias a ustedes por acompañarnos durante estos años. Sigamos creciendo juntos, jugando a filosofar. 

¡¡¡Feliz cuarto aniversario!!!


Bibliografía citada

RORTY, Richard, (1991) Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona: Paidós.




viernes, 20 de diciembre de 2013

Recensión de los "Diálogos sobre la religión natural" de David Hume

Digamos, antes que nada, algunos datos referentes al autor en cuestión. David Hume fue un filósofo escocés nacido en Edimburgo en 1711 y fallecido en el mismo lugar en 1776. Entre sus obras más importantes podemos nombrar: “Tratado de la naturaleza humana”; “Investigación sobre el entendimiento humano”; y “Diálogos sobre la religión natural”. A menudo se lo agrupa dentro de la línea empirista, es decir que, para él el conocimiento encuentra su fundamento y fuente en la experiencia. 

Ahora bien, los “Diálogos sobre la religión natural” comenzaron a ser escritos por Hume aproximadamente en 1750 y fueron publicados póstumamente en el año 1779 por un sobrino del autor, y como su mismo nombre lo indica es un diálogo que consta de tres personajes principales que van exponiendo argumentos a favor o en contra de las pruebas de la existencia de Dios y la posibilidad de la religión como tal, y de un narrador, Pánfilo, discípulo de Cleantes, que relata dichas discusiones a Hermipo. Los personajes de la obra son: Filón, representante del escepticismo y, según los especialistas, aquel que mejor personificaría la postura de Hume; Demea, defensor del cristianismo ortodoxo; y finalmente Cleantes, partidario del deísmo. 

La obra consta de una Introducción, en la que Pánfilo le muestra a Hermipo las ventajas del uso del diálogo como método de exposición filosófica, sobre todo en lo relativo al tema de la religión natural, y presenta a los personajes involucrados; y de 12 partes en las que el mismo Pánfilo narra los distintos argumentos que fueron exponiendo Filón, Demea y Cleantes en torno a la cuestión de la naturaleza del Ser Divino, sus atributos, sus decretos y su plan providencial. (Hume, 1994: 56-57) A lo largo de las 12 partes de la obra se abordan los siguientes temas, que trataremos de reflejar brevemente en este trabajo: el escepticismo, el argumento del Designio, el misticismo y el antropomorfismo, Dios como alma del mundo, una nueva cosmogonía, el argumento a priori de la existencia de Dios, el problema del mal, y finalmente, los límites de la religión natural. 

En la primera parte se trata el tema del escepticismo. Allí Cleantes acusa a Filón de levantar la fe religiosa sobre un escepticismo filosófico retirando, por consiguiente, la certeza y la evidencia de todo tipo de conocimiento distinto de las doctrinas teológicas para que en ellas recaigan con mayor fuerza y autoridad la evidencia y la certeza aunque quedarían infundadas en la experiencia. (Hume, 1994: 62) Filón desconfía de la razón humana aunque reconoce que es imposible vivir de acuerdo a un escepticismo absoluto. (Hume, 1994: 64) En definitiva, la conclusión a la que arriban es que no pueden desconfiar completamente de la razón humana ya que si lo hicieran no dispondrían de ningún principio que los lleve a la religión independientemente de que, a lo largo de la historia, se hayan elegido el escepticismo o el dogmatismo para defender doctrinas teológicas. (Hume, 1994: 72)

Luego, en la segunda y tercera partes, tratan el argumento del designio. El diálogo comienza con Demea afirmando que el problema no es la existencia de Dios sino su naturaleza (Hume, 1994: 73) que permanece inaccesible al intelecto humano, ya que, como dice Filón un poco más adelante, “nuestras ideas no van más allá de nuestra experiencia”. (Hume, 1994: 75) Así es que Cleantes, apelando a la experiencia, y por lo tanto a una demostración a posteriori, comienza a exponer el argumento del designio afirmando que el mundo es una gran máquina con infinitas partes todas ordenadas de acuerdo a medios y fines, orden que excede ampliamente a la inteligencia humana. (Hume, 1994: 76) Filón, entonces, trata de desacreditar dicha comprensión y, junto con ella, el mencionado argumento del designio, comparando al universo con una casa y al creador con un arquitecto y dice: “…el orden, la disposición o el ajuste de las causas finales no es por sí mismo prueba alguna de designio, sino sólo en la medida en que ha sido experimentado como procedente de tal principio”. (Hume, 1994: 80) Por lo tanto, si algo del universo no es experimentado o comprendido como procedente de ese principio del designio, se escapa a este razonamiento y pone en jaque todo el argumento revelando que es una analogía incompleta ya que...

viernes, 27 de septiembre de 2013

La filosofía, cátedra y/o plaza

¿Cuál es el lugar natural de la filosofía? Es decir, ¿dónde vive verdaderamente eso que llamamos filosofía? Si consideramos a la filosofía como algo vivo, dinámico, en otras palabras, como un filosofar constante sobre nosotros mismos y nuestro mundo, ¿A dónde deberíamos ir para encontrarnos con ese movimiento? ¿La cátedra o la plaza? ¿El libro especializado, la fuente original del gran pensador o el manual escolar y el comentario a las pasadas de la gente común? Aclaremos que queremos decir con gente común, en este contexto, a aquellos que no se dedican profesionalmente al estudio de la filosofía. 

Si nos remontamos a los orígenes del filosofar encontramos las dos cosas, a saber, academias y plazas. Los primeros filósofos realizaban y compartían sus reflexiones en la plaza o mercado de la ciudad, en el ágora de la polis. Pensemos también, por ejemplo, en Aristóteles y los peripatéticos que pensaban y discutían mientras paseaban y, de esta manera, la filosofía iba surgiendo lentamente del diálogo, siempre del encuentro con el otro. Basta nomás leer a Platón para corroborar esto. No debemos olvidar que la filosofía, o mejor dicho, el filosofar, surge del encuentro con el otro. En la edad Media la alteridad continúa ocupando un lugar importante, tal es el caso de las defensas de los títulos o posiciones académicas que se realizaban públicamente, o de los encendidos debates sobre temas candentes de la época con las quaestiones disputatae.

El cambio acontece en la época de “la luz y la razón” en la que el hombre se vuelve principio y fin de todas las cosas. Surge el sujeto moderno y la filosofía se refugia en el cogito o pensamiento como algo a ser custodiados celosamente dentro de las profundidades del individuo. Deja de ser necesario, entonces, el otro para filosofar, para tratar de comprender y explicarnos a nosotros y al mundo. La filosofía se torna en algo egocéntrico caracterizado por un plegamiento del sujeto sobre sí mismo, una autorreflexión que no es otra cosa que identidad. El ejemplo paradigmático de esto podría ser Hegel quien llegó a definirse a sí mismo como “espíritu absoluto”. 

Heredera de esa época es la comprensión de la filosofía como un saber erudito, casi como una secta de sabios, encerrada en sí misma, en la que se pasan el conocimiento puro a través de libros "sagrados", muy difíciles de conseguir, por cierto, a partir de los cuales es posible pensar. De esta forma, se nos presentan dos opciones. Pertenecer, por un lado, a este círculo de expertos accediendo a fuentes que ayuden a elaborar algo novedoso o, por otro lado, conformarnos con aquello que llega al común de los mortales. Por lo tanto, volvemos a las preguntas iniciales. ¿Cuál es el lugar natural...

martes, 30 de julio de 2013

Sujeto, aprendizaje y filosofar


Por no tener la posibilidad de considerar algo distinto damos por supuesto algo fundamental, a saber, nosotros mismos. No hemos de olvidar nunca que quien filosofa es el hombre. Por más obvio que resulte decirlo, y mucho más ponerlo por escrito, el hombre es el principio y fin de toda acción humana, y siendo el filosofar una acción humana, es el hombre quien hace filosofía, es él quien intenta comprender, indaga en la realidad, analiza y busca, construye y recrea. No cualquier ser sino el hombre en sus facetas de homo quaerens, homo ludens y homo dicens

En nuestro tiempo, más que en cualquier otro, se hace claramente evidente que el ser humano es el punto central de toda reflexión, no solo en el sentido de sujeto de reflexión sino también de objeto de estudio, siendo comprendido como ser-en-relación-con. Como consecuencia de esto las cosas que lo rodean, su mundo, son entendidas como aquello que es-en-relación-con-el-hombre siendo siempre el ser humano el axis mundi. De allí que el punto de partida y de llegada de toda reflexión, comprensión y expresión sea no la relación en sí misma o el lenguaje con entidad propia sino el hombre-en-relación-mediada-por-el-lenguaje-con. Dicho de otra manera, el hombre-y-lo-otro, sabiendo que lo otro no sería si no fuera para el hombre ya que somos nosotros los que estamos dándole existencia. 

Ahora bien, si el hombre es el que hace filosofía, que juega con el pensamiento, ¿cómo es que comenzamos a jugar? ¿Nos enseñaron en algún momento a reflexionar filosóficamente, a relacionarnos con el mundo por medio del lenguaje? ¿Cómo aprendemos a filosofar? ¿Es necesario aprender? Juguemos nosotros ahora y tratemos de dar algunos intentos de respuesta a estas preguntas.

Digamos primeramente que creemos que no nos enseñaron a reflexionar filosóficamente sino que fuimos aprendiendo por diversas razones, quizás la más importante sea la supervivencia, a relacionarnos con el mundo de una manera inquisitiva, es decir, filosófica. En el comienzo tratamos de amoldar el mundo-distinto a nuestro-mundo, a uno que se adecuara a nuestros sentidos, por decirlo de alguna manera, para no ser presas de un abismo insondable, el de lo absoluto, radical y extrañamente otro. Entonces, volviendo a la pregunta original, no es posible enseñar al hombre...

lunes, 10 de junio de 2013

El filósofo-genio, imaginación y barro


Cuando vemos o utilizamos el término “genio” casi inmediatamente nos remitimos, como por arte de magia, fruto de innumerables adiestramientos inconscientes a partir de reproducciones acríticas de significaciones heredadas a lo largo de nuestro andar constitutivo, a concebir dicha palabra como un adjetivo que califica a dos tipos de seres. Por un lado, y en primer lugar, a aquella persona con características notables en diversos campos, en otras palabras, al sujeto que resalta por su inteligencia y su capacidad o cantidad de conocimientos que demuestra poseer. Por otro lado, a la figura mítica que sale de una lámpara de aceite cuando esta es frotada y que tiene la obligación ineludible de conceder tres deseos al dueño de dicho artefacto en el cual se encontraba atrapado. 

Pues bien, cuando mencionamos la palabra “genio” unida a la palabra “filósofo” estamos queriendo significar algo del filósofo, pero nada en relación a los sentidos mencionados anteriormente. Que el filósofo sea, o deba ser a nuestro entender, genio, no significa que sea brillante, superinteligente, o sabio, o tal vez sí, pero estas no son características intrínsecas o propias de lo que queremos significar cuando decimos que el filósofo ha de ser genio. 

Para nosotros genio es aquel que es capaz de producir, de crear, de romper de alguna manera con la inercia de lo establecido tanteando lo desconocido a la vez que posibilitando la apertura de nuevos caminos, tanto de reflexión como de acción. No entendemos genio como aquel individuo que tiene una inteligencia extraordinaria o que supera los estándares o promedios normales, sino aquel que puede, con las capacidades que posee, transformar de una manera creativa, y por lo tanto novedosa, aquello que se ha propuesto describir y modificar a través de dicha descripción. 

Ahora bien, el genio no crea de la nada. Utiliza todo aquello de lo que dispone a su alrededor, y a partir de ello, como el artista, produce algo nuevo, algo distinto, una nueva respuesta a una vieja pregunta sin responder o mal respondida, una propuesta de superación a una situación de estancamiento, una perspectiva creativa frente a una visión monocromática rayana en la ceguera. 

La tarea del filósofo-genio es la de la posibilidad, es decir, la apertura a lo nuevo, al cambio, a algo mejor que nunca antes se haya dicho o puesto en práctica. La identidad de lo mismo es nociva para el ser humano, de la misma manera que lo es para la filosofía y para la ciencia. En la comodidad de lo estático la aventura es la espera, más en el desafío de lo novedoso se encuentra la posibilidad de la respuesta prometida y tantas veces buscada. 

Siguiendo con la línea de lo expresado en otros post de este blog, la tarea del filósofo-genio será la del juego, la de la búsqueda incesante y la descripción permanente de su itinerario. Será la apropiación de la realidad en todas sus dimensiones, de la misma manera en que un niño planta bandera en un pedacito de tierra de un lote baldío sintiéndose el dueño de ese retazo de mundo. ¿Por qué predicar el contacto aséptico con la realidad? ¿Qué temor tiene el hombre frente al mundo? ¿De dónde le viene ese sentimiento de extranjeridad? ¿Por qué no sumergirse en el barro de la historia, de la realidad humana y ensayar figuritas de barro? Pareciera que el hombre...

jueves, 9 de mayo de 2013

Filosofía de la liberación, ¿utopía o proyecto?


La gran pregunta que surge en un primer momento con cualquier tipo de filosofía es qué entendemos por ella. Si no partimos de una comprensión de lo que sea filosofar es muy difícil comprender qué es lo que decimos cuando tal filosofía dice una u otra cosa, o parte de tales o cuales presupuestos, o se fundamenta en estos o aquellos principios, etc. Podríamos decir que toda filosofía, que se precie de ser tal, comienza describiéndose o explicándose a sí misma, al igual que lo hacemos nosotros cuando conocemos a alguien nuevo. Lo primero es presentarnos, decir nuestro nombre y alguna otra cosa más que de una idea al otro de quiénes somos. 

Ahora bien, ¿qué es lo que tienen en común todas, si no la gran mayoría, de las filosofías y por ello hablamos de filosofía y no de otra cosa? Para responder a esta pregunta quizás debiéramos remontarnos al origen mismo de la filosofía, o más particularmente a dónde surge la filosofía denominada occidental. Convengamos que es la única que recibió el nombre de filosofía, de hecho es una palabra griega, así que sería una redundancia aclarar que es occidental, pero bueno, aclaremos nomás, no vaya a ser que el asunto se preste a confusión. Es cierto que los primeros filósofos de los que se tiene registro estaban radicados en Asia menor, más precisamente en la actual Turquía, pero ¿quién decidió arbitrariamente que eso era oriente? Al fin y al cabo las categorías de oriente y occidente son absolutamente relativas a aquel que las enuncia dependiendo del lugar en el que se encuentre. Pero regresemos a lo que nos ocupa. 

La filosofía fue entendida, originalmente, como búsqueda. Frente a la maravilla del mundo natural, con su belleza, su inmensidad y sus regularidades, y como resultado del asombro frente a tal espectáculo el hombre comenzó a preguntarse racionalmente, es decir, buscó argumentos, sin abandonar lo mítico-religioso, que le permitieran describir acabadamente lo que tenía frente a sí. En última instancia, la filosofía nació de un deseo muy particular, el deseo de comprender la realidad para poder describirla primero, y para ser capaz de construirla y transformarla después. 

Comprendida de esta manera, la filosofía surge como la búsqueda de algo que no se tiene, de algo de lo que se carece y que se experimenta como un vacío a ser llenado, como el horror vacui de la naturaleza. Entonces, ¿qué es lo que busca la filosofía? Clásicamente buscó la sabiduría, de allí que el hombre que carece de sabiduría trate de conseguirla por medio de la reflexión y el conocimiento. Tal es el caso de Sócrates que nos puede...
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