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jueves, 28 de mayo de 2020

El amanecer de una nueva época: la Modernidad

[Texto tomado del libro: "RODRIGUEZ BARRACO, A. (2014). El Juego de Filosofar. Una introducción a la reflexión filosófica. Córdoba, Argentina: Copiar. pp. 183-202"].

Filósofo en meditación - Rembrandt (1632).
Alrededor de los siglos XV y XVI se fueron sucediendo hechos que cambiarían el mundo radicalmente para siempre abriendo camino al surgimiento de un nuevo período histórico, a saber, la modernidad. Entre estos hechos fundamentales encontramos, ante todo, el descubrimiento de América en el año 1492, ubicando a Europa como punto de referencia en el centro del mundo conocido. Esto no sólo cambió los mapas y la geografía de aquel entonces, sino que alteró el modo en que las personas veían y entendían el mundo. A su vez, unos años antes, en 1453, había caído el último bastión del imperio romano, la ciudad de Constantinopla, en manos del imperio otomano. Otro hecho significativo fue la ruptura casi definitiva de la relación entre la fe y la razón, al menos en muchos de los ámbitos académicos. Si bien la separación entre fe y razón, teología y filosofía, fue progresiva y paulatina ya a comienzos de la modernidad, siglo XIII aproximadamente, ya era un hecho irrefutable, al menos en el ámbito teórico. Los conflictos producidos a partir de esta separación junto con cuestiones políticas y religiosas dieron lugar a uno de los más grandes cismas de la cristiandad, la Reforma protestante. 

Con la independencia de la razón con respecto a la fe comenzó una nueva etapa en el conocimiento de la humanidad. Es precisamente en esta época cuando surge la denominada ciencia moderna fundamentada en la observación y la experimentación y no ya en argumentos de autoridad o el sentido común. La humanidad pierde, en alguna medida, el horizonte de comprensión religioso que había sostenido una cosmovisión durante casi mil años, fundamento que es preciso reemplazar por otro. Hasta la edad moderna eran las imágenes de Dios y lo religioso las que fundamentaban lo moral, lo político, lo cultural y lo social, entre otros ámbitos. El comienzo y desarrollo de la modernidad significó la disolución y pérdida de las categorías metafísico-religiosas vigentes hasta ese momento. (Ortiz, 2011: 45, 106, 138) Uno de los intentos por darle sentido a la realidad fue la recuperación de los ideales antiguos y la vuelta al hombre expresados en el renacimiento y el humanismo. Ahora bien, sin Dios el hombre se queda solo consigo mismo y es, entonces, cuando surge la noción de sujeto. 
En síntesis, la modernidad es una época caracterizada por la autoafirmación de la razón y podemos rastrear sus orígenes a partir de diferentes hechos históricos entre los cuales podemos nombrar el descubrimiento del «nuevo» mundo, América, el nacimiento de la ciencia empírica, el sujeto moderno, la Reforma protestante, la creación de los Estados modernos y el surgimiento y consolidación del capitalismo. (Habermas, 2008: 28; Ortiz, 2011: 176-177). Los tiempos modernos están caracterizados por una pérdida de los fundamentos metafísicos y religiosos tanto de los conocimientos como de las acciones, a la vez que por una nueva forma de comprender y explicar la realidad que se le aparece al hombre como carente de bienes y escasa de sentido. (Ortiz, 2011: 184). En definitiva, la realidad se le presenta al sujeto moderno como posibilidad y como tarea.

Como queda claro a partir de lo que hemos dicho hasta ahora, la modernidad fue un tiempo signado por profundos cambios. Es la época de los grandes descubrimientos y las grandes invenciones. Desde la brújula, la imprenta y el papel hasta el Estado-nación, la escuela, la universidad, aunque se venía gestando desde finales de la edad media, aproximadamente desde el siglo X, la economía, y todas las demás instituciones que aún perduran en nuestros días. Veamos, entonces, con más detalles algunos de estos hechos significativos que dieron lugar al...

lunes, 6 de abril de 2020

La escuela, el servicio esencial escondido




En estos días todo gira en torno a la pandemia por el coronavirus. Cuarentenas, aislamientos, encierro, separaciones no buscadas, uniones no queridas, entre otras cuestiones. En este contexto afloran muchas cosas, emociones, miedos, esperanzas, actitudes solidarias y egoístas, agradecimiento e ingratitud… Lo mejor y lo peor de nosotros mismos como humanidad queda expuesto gracias a un agente invisible a la mirada del ojo humano.

Escribo estas palabras para reflexionar sobre la educación en este tiempo de excepción. Pilar fundamental de toda sociedad civilizada. Fuente de la cual los pueblos han de nutrirse para, entre otras cosas, combatir las enfermedades infecciosas, aprendiendo prácticas básicas de higiene personal y comunitaria. Es en la educación también donde recae la tarea de formar profesionales que servirán a la sociedad que los ha visto crecer.

Una vez leí por allí que en Japón los docentes son los únicos que no tienen la obligación de hacer reverencias al emperador, por la sencilla razón de que sin docentes no habría emperadores. Sin docentes tampoco podría haber médicos, enfermeros, policías, gendarmes y demás encargados de cuidarnos, curarnos y salvarnos en este trance histórico y lamentable para toda la humanidad. A estos últimos les llaman “Personal esencial” por estos lugares del hemisferio sur. Esencial, porque lo que hacen es vital para que nuestra sociedad no entre en crisis, no colapse frente a este diminuto y gigantescamente mortal virus. Es verdad que no alcanza todo el reconocimiento que podamos hacer para estas personas que están poniendo en riesgo sus vidas en la trinchera de esta guerra epidemiológica.

No obstante, lo curioso, y aquello que me lleva a pensar estas palabras, es que la educación, como siempre, quedó “cajoneada”. Escondida en el fondo del cajón de la sociedad. Al principio la gran preocupación era que “…los chicos no perdieran el año escolar…”, “…como los vamos a tener en casa…”, “…qué vamos hacer con tantas horas de encierro…”. Por otro lado, la preocupación de otros en esta primera etapa fue, “…hay que asegurarse que los docentes trabajen, que para eso se les paga…”, “…se las tendrán que ingeniar para...

jueves, 26 de marzo de 2020

Derechos, derechos, derechos al abismo…



Escuchamos por todos lados (medios, redes sociales, conversaciones con colegas, con amigos, con vecinos, con desconocidos) que tenemos derechos… que es tu derecho… que es un derecho… que hay que hacer valer los derechos… que es mí derecho… La palabra se ha vuelto casi una muletilla para todo.

La mayoría de los “ciudadanos del mundo” afirman tener derechos y con justa causa. Quedó prácticamente en el pasado eso de que las personas no sabían que eran sujetos de derecho, es decir, que tenían derechos que debían ser respetados. Pues, ¿Cuál es el problema, entonces, si estamos mejor que antes? Y aquí en este punto comenzamos a reflexionar, tarea propia de la filosofía. ¿En qué sentido estamos mejor que antes?

Sí, es verdad que tenemos “más” derechos que antes, en el sentido que el “Estado” nos reconoce más derechos que hace un siglo o menos. Sí, las personas somos más conscientes de nuestros derechos y sabemos que tenemos que reclamarle al “Estado” su garantía y cumplimiento. Pero esto no significa que todo esté mejor, que todo esté bien. Obviamente hay cosas que faltan.

Como sociedad, la humanidad en su totalidad, nos hemos olvidado de la otra “cara de esta moneda”, la de los deberes, las obligaciones que ponen en perspectiva todo el asunto. Esto no es algo que suceda solo por estos lugares cercanos al fin del mundo, esto está pasando en todo el planeta. Es un problema humano. La presente reflexión es también una vía para comprender porque, frente a una pandemia de las características que tiene la que estamos viviendo hoy en el mundo, haya gente que no entienda que debe permanecer aislada en sus casas. El egoísmo de algunos se vuelve patente frente a un desastre como este. Si analizamos las causas invocadas para justificar esta desobediencia civil, escucharemos que están en su derecho hacer lo que se les venga en gana.

Antes de profundizar en el rastreo del origen de esta dificultad planteada, sobre los derechos y el desconocimiento de las obligaciones, sería prudente realizar un breve recorrido, a modo de síntesis, por algunos conceptos importantes para comprender más cabalmente el asunto.

Consideramos necesario repasar, entonces, qué es la ética, qué es la moral y qué es la ley. Pues bien, la ética es...

domingo, 18 de junio de 2017

Una reflexión sobre los límites

Vivimos en una sociedad que siente una profunda aversión a los límites, a aquellas «fronteras» que se interponen entre lo que un yo quiere en relación a lo que quiere. Escuchamos a diestra y siniestra que los límites entorpecen, asfixian, y que, precisamente, limitan la propia libertad. En consecuencia, se dan por tierra junto con cualquier tipo de autoridad y ley. 

Ahora bien, ¿por qué ese desprecio al límite? ¿De dónde nos viene esta sensación de ahogamiento? ¿Cuál es la causa de tal rechazo? Podríamos decir que la fuente de este sentimiento es tan humana y antigua como el hombre mismo, asociada a algo tan natural como la necesidad de supervivencia. No obstante, en el presente se encuentra de alguna manera pervertido o cambiada. En otras palabras, la necesidad de supervivencia ha tornado en deseo de supremacía, y aquí la cuestión cambia radicalmente. 

El límite es a la vez algo fundamental y natural. Sin límites no habría diferencias, todo sería lo mismo disuelto o asimilado en un caos cierto o en un posible orden incierto. El ser humano a partir de la modernidad ha soñado, y continua haciéndolo, que es pensamiento puro sin cuerpo, pura posibilidad, puro deseo, puro poder. El hombre cree que todo lo puede y que en esto consiste su libertad, en la ausencia de cualquier tipo de obstáculo que se le presente en su «camino», cualquier límite. De allí que la autoridad y la ley le resulten no solo ajenas sino simple y llanamente enemigas. 

Sin embargo, el límite es indispensable para la vida y la libertad. El límite, y por extensión la ley, protegen, congregan, ordenan, cobijan. ¿Qué sería el contenido sin el continente? Pensemos, por ejemplo, en un vaso de agua. ¿Qué sería del agua sin el vaso? Seguramente un charco sobre la mesa o el suelo. ¿Y nosotros? ¿Qué sería de nosotros sin el límite de nuestra piel? 

A propósito he llevado la reflexión a los límites de lo físico. El límite es lo que separa al agua del vaso, al vaso de la mesa, a la mesa del suelo, a todos del aire y a todo eso de un ser humano parado frente a una mesa con un vaso de agua. Sin los límites no podríamos hablar ni de agua, ni de vaso, ni de mesa, ni de suelo, ni de aire, ni de hombre. Sin límites no habría ni un yo ni un tú, en consecuencia, directamente no habría yo. 

Curiosamente el hombre piensa que todo lo puede, pues bien, ¿por qué no sale volando sin la ayuda de ningún artefacto tecnológico, por qué no respira bajo el agua, por qué no se transforma en lo que quiera a voluntad, por qué no puede hacer aparecer lo que desea de la nada, por qué no puede hacer simplemente lo que le venga en gana? Y la respuesta es sencilla, porque existen límites. La naturaleza, la corporalidad es un límite natural recientemente olvidado. El hombre moderno soñó con ser puro pensamiento, y el ser humano actual cree que lo es. 

Todos nos hemos enfermado alguna vez y hemos tenido la desazón del límite real y concreto. Así como no tenemos alas para volar ni branquias para respirar bajo el agua, cuando nos enfermamos el cuerpo nos limita en alguna medida, algunas veces y durante las enfermedades más graves, este límite puede ser verdaderamente constrictivo. Sin embargo, ello no significa que...

sábado, 1 de abril de 2017

La escuela: la última frontera


“Caballito de batalla” de todos los políticos en tiempos de elecciones y “último orejón del tarro” en tiempos ordinarios, la escuela se ha vuelto el último bastión del proyecto moderno, a la vez que la última frontera de la civilización frente al conflicto permanente de deseos e intereses de los sujetos contemporáneos. 

A lo largo de los siglos, pensadores de distintos signos, y con ideas muchas veces radicalmente opuestas, fueron capaces de vislumbrar y comprender que la educación es fundamental para toda sociedad humana. Sin ella es imposible pensar en algo tan elemental como la convivencia. Ni que hablar, entonces, de los ideales propios de cada cultura y civilización que se reproducen por medio de la educación. 

Hasta al más lego de todos le resulta evidente que la educación, y en consecuencia la escuela, es primordial para la sociedad humana. Es desde la educación que se aprende que, para poder vivir pacíficamente con otros, existen límites, normas, orden, autoridad, y todos los valores que subyacen a la vida social y democrática. Sin reconocimiento del otro y sus derechos, sin noción de las obligaciones que cada uno tiene por vivir en una sociedad junto a otros, todas cuestiones que se aprenden en la escuela, la fecha de caducidad de la sociedad y la cultura contemporánea están próximas. 

En la teoría queda muy lindo alivianar, licuefaccionar, adelgazar, disolver… pero en la práctica tenemos crisis de sentido, crisis institucional, hedonismo extremista y egoísmo supino, donde el otro, si es que se lo reconoce, es sólo un medio para obtener algún beneficio o un estorbo a ser, en el mejor de los casos, corrido a un costado. 

Aquello que en otros tiempos hacía la familia, supuestamente célula básica y primera escuela, de la que si hiciéramos un diagnóstico tendríamos un panorama bastante acertado de la sociedad en la que vivimos y nos movemos, ha sido inexorablemente delegado al Estado, y en consecuencia, a la educación, a la escuela, ya que el Estado ha de estar donde la sociedad lo necesita y ella misma no da respuesta. 

La comúnmente llamada función de “socialización” de la escuela se ha convertido en la última frontera. Y es la sociedad como una gigantesca obra de arte contemporáneo, caótica, sin límites ni orden alguno, monológica, hedonista y verborrágica, multimórfica, relativista y egocéntrica, cuyo horizonte es la comodidad y el beneficio propio de cada individuo fragmentado. Esto es lo que recibe la escuela tratando de mostrar que, para poder convivir con otros son necesarios en igual medida tanto los derechos como las obligaciones. 

¡¡¡Idílica época aquella en que la escuela sólo enseñaba contenidos!!! La educación se ha reducido a defender esta última frontera, la del aprendizaje de la convivencia, algo tan básico como esto. Los docentes deben trabajar los hábitos más esenciales...

domingo, 14 de agosto de 2016

La idea de discriminación como instrumento de manipulación social

Es moneda corriente por estos días hablar, discutir, y sobre todo señalar la discriminación a diestra y siniestra como algo indeseable en nuestra cultura, y más particularmente en nuestras relaciones cotidianas. Pero, ¿Qué es la discriminación? ¿Qué entendemos cuando decimos que alguien está discriminando o alguien es discriminado?

Comencemos por el significado de la palabra. Discriminar es separar, distinguir, cuestión fundamental y básica resultante de todo acto humano. Cuando elegimos algo estamos discriminando aquello que elegimos separándolo, distinguiéndolo y hasta excluyéndolo de todo lo demás. En el simple acto de hablar discriminamos. Cuando decimos “A”, al mismo tiempo hemos ignorado el resto del alfabeto, y por tanto, lo hemos discriminado de la misma manera que hemos discriminado a “A” cuando la hemos elegido. En consecuencia, toda elección presupone una discriminación. 

Ahora bien, se asocia comúnmente la idea de discriminación con la de injusticia, y por lo tanto, se plantea en la relación con los otros y no con las cosas. Es aquí, en parte, donde aparece la valoración negativa de la discriminación. Afirmamos que el que discrimina comete un acto de injusticia porque priva al “discriminado” de aquello que obtiene el “elegido” o aquel que en principio no ha sido discriminado. Como resultado de esto tenemos dos caras de la discriminación, aquella que presupone simplemente la elección de alguien de acuerdo a criterios preestablecidos, y por otro lado, la exclusión explícita del “discriminado”. Llevándolo nuevamente al plano de las cosas, no es lo mismo elegir una manzana que elegir “no elegir” la naranja. Entonces, la discriminación se nos hace despreciable cuando presenta esta cara de exclusión manifiesta, de separación y estigmatización de aquello que se elige discriminar, en otras palabras la elección deliberada de excluir. 

El argumento presupuesto comúnmente utilizado que se opone a la discriminación en favor de la no discriminación es el de la igualdad asociada a la justicia. Pues bien, no olvidemos que la igualdad es solo una “ficción jurídica”, es decir, es un estado propuesto o construido por los seres humanos en referencia a lo legal, y dentro de un marco jurídico. Esto es, somos todos iguales frente a la ley y nada más. Desde la ley todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones, en consecuencia las mismas oportunidades reguladas por esos derechos y esos deberes. La palabra clave en la oración precedente es “reguladas”. Esto no implica que cada cual pueda acceder a todas las cosas por sí, sino que debe cumplir ciertos requisitos, debe cumplir ciertas obligaciones para alcanzar ciertos “beneficios”. No todos obtenemos los mismos “beneficios” en una sociedad porque no somos iguales. Sí tenemos los mismos derechos de alcanzarlos, pero esto no garantiza que los alcancemos. Si así fuera nadie haría nada, total, si diera lo mismo trabajar o no para obtener un salario, lo preferible sería no trabajar y obtener de esta manera el mismo salario que obtiene aquel que trabaja. Queda más que claro que esto sería un acto de injusticia. De allí que el tema de la discriminación sea algo tan intrincado y engañoso. 

Siguiendo con el ejemplo anterior, todos tenemos derecho, por ejemplo, a ser ricos, pero no por ello lo seremos. Es necesario que trabajemos honestamente en pos de lograrlo porque la riqueza no nos caerá del cielo simplemente por tener el derecho a ser ricos. De igual forma, todos tenemos derecho a una educación de calidad, pero si no nos esforzamos, si no asistimos a una escuela, si no estudiamos, etc. no alcanzaremos la educación que asegura el derecho. El derecho simplemente posibilita algo que...
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