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lunes, 10 de junio de 2013

El filósofo-genio, imaginación y barro


Cuando vemos o utilizamos el término “genio” casi inmediatamente nos remitimos, como por arte de magia, fruto de innumerables adiestramientos inconscientes a partir de reproducciones acríticas de significaciones heredadas a lo largo de nuestro andar constitutivo, a concebir dicha palabra como un adjetivo que califica a dos tipos de seres. Por un lado, y en primer lugar, a aquella persona con características notables en diversos campos, en otras palabras, al sujeto que resalta por su inteligencia y su capacidad o cantidad de conocimientos que demuestra poseer. Por otro lado, a la figura mítica que sale de una lámpara de aceite cuando esta es frotada y que tiene la obligación ineludible de conceder tres deseos al dueño de dicho artefacto en el cual se encontraba atrapado. 

Pues bien, cuando mencionamos la palabra “genio” unida a la palabra “filósofo” estamos queriendo significar algo del filósofo, pero nada en relación a los sentidos mencionados anteriormente. Que el filósofo sea, o deba ser a nuestro entender, genio, no significa que sea brillante, superinteligente, o sabio, o tal vez sí, pero estas no son características intrínsecas o propias de lo que queremos significar cuando decimos que el filósofo ha de ser genio. 

Para nosotros genio es aquel que es capaz de producir, de crear, de romper de alguna manera con la inercia de lo establecido tanteando lo desconocido a la vez que posibilitando la apertura de nuevos caminos, tanto de reflexión como de acción. No entendemos genio como aquel individuo que tiene una inteligencia extraordinaria o que supera los estándares o promedios normales, sino aquel que puede, con las capacidades que posee, transformar de una manera creativa, y por lo tanto novedosa, aquello que se ha propuesto describir y modificar a través de dicha descripción. 

Ahora bien, el genio no crea de la nada. Utiliza todo aquello de lo que dispone a su alrededor, y a partir de ello, como el artista, produce algo nuevo, algo distinto, una nueva respuesta a una vieja pregunta sin responder o mal respondida, una propuesta de superación a una situación de estancamiento, una perspectiva creativa frente a una visión monocromática rayana en la ceguera. 

La tarea del filósofo-genio es la de la posibilidad, es decir, la apertura a lo nuevo, al cambio, a algo mejor que nunca antes se haya dicho o puesto en práctica. La identidad de lo mismo es nociva para el ser humano, de la misma manera que lo es para la filosofía y para la ciencia. En la comodidad de lo estático la aventura es la espera, más en el desafío de lo novedoso se encuentra la posibilidad de la respuesta prometida y tantas veces buscada. 

Siguiendo con la línea de lo expresado en otros post de este blog, la tarea del filósofo-genio será la del juego, la de la búsqueda incesante y la descripción permanente de su itinerario. Será la apropiación de la realidad en todas sus dimensiones, de la misma manera en que un niño planta bandera en un pedacito de tierra de un lote baldío sintiéndose el dueño de ese retazo de mundo. ¿Por qué predicar el contacto aséptico con la realidad? ¿Qué temor tiene el hombre frente al mundo? ¿De dónde le viene ese sentimiento de extranjeridad? ¿Por qué no sumergirse en el barro de la historia, de la realidad humana y ensayar figuritas de barro? Pareciera que el hombre...
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