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viernes, 20 de diciembre de 2013

Recensión de los "Diálogos sobre la religión natural" de David Hume

Digamos, antes que nada, algunos datos referentes al autor en cuestión. David Hume fue un filósofo escocés nacido en Edimburgo en 1711 y fallecido en el mismo lugar en 1776. Entre sus obras más importantes podemos nombrar: “Tratado de la naturaleza humana”; “Investigación sobre el entendimiento humano”; y “Diálogos sobre la religión natural”. A menudo se lo agrupa dentro de la línea empirista, es decir que, para él el conocimiento encuentra su fundamento y fuente en la experiencia. 

Ahora bien, los “Diálogos sobre la religión natural” comenzaron a ser escritos por Hume aproximadamente en 1750 y fueron publicados póstumamente en el año 1779 por un sobrino del autor, y como su mismo nombre lo indica es un diálogo que consta de tres personajes principales que van exponiendo argumentos a favor o en contra de las pruebas de la existencia de Dios y la posibilidad de la religión como tal, y de un narrador, Pánfilo, discípulo de Cleantes, que relata dichas discusiones a Hermipo. Los personajes de la obra son: Filón, representante del escepticismo y, según los especialistas, aquel que mejor personificaría la postura de Hume; Demea, defensor del cristianismo ortodoxo; y finalmente Cleantes, partidario del deísmo. 

La obra consta de una Introducción, en la que Pánfilo le muestra a Hermipo las ventajas del uso del diálogo como método de exposición filosófica, sobre todo en lo relativo al tema de la religión natural, y presenta a los personajes involucrados; y de 12 partes en las que el mismo Pánfilo narra los distintos argumentos que fueron exponiendo Filón, Demea y Cleantes en torno a la cuestión de la naturaleza del Ser Divino, sus atributos, sus decretos y su plan providencial. (Hume, 1994: 56-57) A lo largo de las 12 partes de la obra se abordan los siguientes temas, que trataremos de reflejar brevemente en este trabajo: el escepticismo, el argumento del Designio, el misticismo y el antropomorfismo, Dios como alma del mundo, una nueva cosmogonía, el argumento a priori de la existencia de Dios, el problema del mal, y finalmente, los límites de la religión natural. 

En la primera parte se trata el tema del escepticismo. Allí Cleantes acusa a Filón de levantar la fe religiosa sobre un escepticismo filosófico retirando, por consiguiente, la certeza y la evidencia de todo tipo de conocimiento distinto de las doctrinas teológicas para que en ellas recaigan con mayor fuerza y autoridad la evidencia y la certeza aunque quedarían infundadas en la experiencia. (Hume, 1994: 62) Filón desconfía de la razón humana aunque reconoce que es imposible vivir de acuerdo a un escepticismo absoluto. (Hume, 1994: 64) En definitiva, la conclusión a la que arriban es que no pueden desconfiar completamente de la razón humana ya que si lo hicieran no dispondrían de ningún principio que los lleve a la religión independientemente de que, a lo largo de la historia, se hayan elegido el escepticismo o el dogmatismo para defender doctrinas teológicas. (Hume, 1994: 72)

Luego, en la segunda y tercera partes, tratan el argumento del designio. El diálogo comienza con Demea afirmando que el problema no es la existencia de Dios sino su naturaleza (Hume, 1994: 73) que permanece inaccesible al intelecto humano, ya que, como dice Filón un poco más adelante, “nuestras ideas no van más allá de nuestra experiencia”. (Hume, 1994: 75) Así es que Cleantes, apelando a la experiencia, y por lo tanto a una demostración a posteriori, comienza a exponer el argumento del designio afirmando que el mundo es una gran máquina con infinitas partes todas ordenadas de acuerdo a medios y fines, orden que excede ampliamente a la inteligencia humana. (Hume, 1994: 76) Filón, entonces, trata de desacreditar dicha comprensión y, junto con ella, el mencionado argumento del designio, comparando al universo con una casa y al creador con un arquitecto y dice: “…el orden, la disposición o el ajuste de las causas finales no es por sí mismo prueba alguna de designio, sino sólo en la medida en que ha sido experimentado como procedente de tal principio”. (Hume, 1994: 80) Por lo tanto, si algo del universo no es experimentado o comprendido como procedente de ese principio del designio, se escapa a este razonamiento y pone en jaque todo el argumento revelando que es una analogía incompleta ya que...
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