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Nunca más. No más atajos, no más desvíos.

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Vivimos en una sociedad atravesada por múltiples factores que van moldeándola a los golpes, como el martillo al hierro sobre el yunque de la historia. Se torna complejo y arriesgado aventurar un “diagnóstico” sobre su situación actual y más aún una prognosis de su itinerario. No obstante, algunos de los “síntomas” que podemos observar en la cotidianeidad y en el espejo distorsionado de los medios de comunicación nos moviliza e interpela a decir algo sobre el tema como un argentino más.  Hoy todo se encuentra como desdibujado, como marcado por la falta de un horizonte de sentido. Aquellos que se aventuran a vislumbrar un atisbo de verdad, muchas veces contaminado por intereses mezquinos, caen enceguecidos en el fanatismo como consecuencia de la falta de antídotos culturales y educativos que les prevengan de estos riesgos.  Una vez secuestrados por la ideología y el fanatismo defienden a ultranza sus propias posiciones, apelando generalmente a valores democráticos y republicanos, utiliza

El amanecer de una nueva época: la Modernidad

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[Texto tomado del libro: "RODRIGUEZ BARRACO, A. (2014). El Juego de Filosofar. Una introducción a la reflexión filosófica . Córdoba, Argentina: Copiar. pp. 183-202"]. Filósofo en meditación - Rembrandt (1632). Alrededor de los siglos XV y XVI se fueron sucediendo hechos que cambiarían el mundo radicalmente para siempre abriendo camino al surgimiento de un nuevo período histórico, a saber, la modernidad. Entre estos hechos fundamentales encontramos, ante todo, el descubrimiento de América en el año 1492, ubicando a Europa como punto de referencia en el centro del mundo conocido. Esto no sólo cambió los mapas y la geografía de aquel entonces, sino que alteró el modo en que las personas veían y entendían el mundo. A su vez, unos años antes, en 1453, había caído el último bastión del imperio romano, la ciudad de Constantinopla, en manos del imperio otomano. Otro hecho significativo fue la ruptura casi definitiva de la relación entre la fe y la razón, al menos en muchos

La escuela, el servicio esencial escondido

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En estos días todo gira en torno a la pandemia por el coronavirus. Cuarentenas, aislamientos, encierro, separaciones no buscadas, uniones no queridas, entre otras cuestiones. En este contexto afloran muchas cosas, emociones, miedos, esperanzas, actitudes solidarias y egoístas, agradecimiento e ingratitud… Lo mejor y lo peor de nosotros mismos como humanidad queda expuesto gracias a un agente invisible a la mirada del ojo humano. Escribo estas palabras para reflexionar sobre la educación en este tiempo de excepción. Pilar fundamental de toda sociedad civilizada. Fuente de la cual los pueblos han de nutrirse para, entre otras cosas, combatir las enfermedades infecciosas, aprendiendo prácticas básicas de higiene personal y comunitaria. Es en la educación también donde recae la tarea de formar profesionales que servirán a la sociedad que los ha visto crecer. Una vez leí por allí que en Japón los docentes son los únicos que no tienen la obligación de hacer reverencias al emp

Derechos, derechos, derechos al abismo…

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Escuchamos por todos lados (medios, redes sociales, conversaciones con colegas, con amigos, con vecinos, con desconocidos) que tenemos derechos… que es tu derecho… que es un derecho… que hay que hacer valer los derechos… que es mí derecho… La palabra se ha vuelto casi una muletilla para todo. La mayoría de los “ciudadanos del mundo” afirman tener derechos y con justa causa. Quedó prácticamente en el pasado eso de que las personas no sabían que eran sujetos de derecho, es decir, que tenían derechos que debían ser respetados. Pues, ¿Cuál es el problema, entonces, si estamos mejor que antes? Y aquí en este punto comenzamos a reflexionar, tarea propia de la filosofía. ¿En qué sentido estamos mejor que antes? Sí, es verdad que tenemos “más” derechos que antes, en el sentido que el “Estado” nos reconoce más derechos que hace un siglo o menos. Sí, las personas somos más conscientes de nuestros derechos y sabemos que tenemos que reclamarle al “Estado” su garantía y cumplimiento.

Una reflexión sobre los límites

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Vivimos en una sociedad que siente una profunda aversión a los límites, a aquellas «fronteras» que se interponen entre lo que un yo quiere en relación a lo que quiere. Escuchamos a diestra y siniestra que los límites entorpecen, asfixian, y que, precisamente, limitan la propia libertad. En consecuencia, se dan por tierra junto con cualquier tipo de autoridad y ley.  Ahora bien, ¿por qué ese desprecio al límite? ¿De dónde nos viene esta sensación de ahogamiento? ¿Cuál es la causa de tal rechazo? Podríamos decir que la fuente de este sentimiento es tan humana y antigua como el hombre mismo, asociada a algo tan natural como la necesidad de supervivencia. No obstante, en el presente se encuentra de alguna manera pervertido o cambiada. En otras palabras, la necesidad de supervivencia ha tornado en deseo de supremacía, y aquí la cuestión cambia radicalmente.  El límite es a la vez algo fundamental y natural. Sin límites no habría diferencias, todo sería lo mismo disuelto o asimilado

La escuela: la última frontera

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“Caballito de batalla” de todos los políticos en tiempos de elecciones y “último orejón del tarro” en tiempos ordinarios, la escuela se ha vuelto el último bastión del proyecto moderno, a la vez que la última frontera de la civilización frente al conflicto permanente de deseos e intereses de los sujetos contemporáneos.  A lo largo de los siglos, pensadores de distintos signos, y con ideas muchas veces radicalmente opuestas, fueron capaces de vislumbrar y comprender que la educación es fundamental para toda sociedad humana. Sin ella es imposible pensar en algo tan elemental como la convivencia. Ni que hablar, entonces, de los ideales propios de cada cultura y civilización que se reproducen por medio de la educación.  Hasta al más lego de todos le resulta evidente que la educación, y en consecuencia la escuela, es primordial para la sociedad humana. Es desde la educación que se aprende que, para poder vivir pacíficamente con otros, existen límites, normas, orden, autoridad, y

La idea de discriminación como instrumento de manipulación social

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Es moneda corriente por estos días hablar, discutir, y sobre todo señalar la discriminación a diestra y siniestra como algo indeseable en nuestra cultura, y más particularmente en nuestras relaciones cotidianas. Pero, ¿Qué es la discriminación? ¿Qué entendemos cuando decimos que alguien está discriminando o alguien es discriminado? Comencemos por el significado de la palabra. Discriminar es separar, distinguir, cuestión fundamental y básica resultante de todo acto humano. Cuando elegimos algo estamos discriminando aquello que elegimos separándolo, distinguiéndolo y hasta excluyéndolo de todo lo demás. En el simple acto de hablar discriminamos. Cuando decimos “A”, al mismo tiempo hemos ignorado el resto del alfabeto, y por tanto, lo hemos discriminado de la misma manera que hemos discriminado a “A” cuando la hemos elegido. En consecuencia, toda elección presupone una discriminación.  Ahora bien, se asocia comúnmente la idea de discriminación con la de injusticia, y por lo tanto